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De Quimeras y Ensoñaciones

La mar

La mar Me llegan rumores lejanos de batallas, un fragor de espadas clamando venganza bajo las aguas. Un ejército puesto en pie. Un caballero que trota a lomos de su yegua por las marismas sembradas de espadañas. Me llegan rumores desde las ventanas abiertas de las casas, gritos de desesperanza. Un mensajero galopa sobre la arena de la playa levantado olas de arena blanca. Tiene prisa. Jadea más fuerte que su yegua jerezana, que briosa y nerviosa resopla por los ijares y vuela sin alas sobre sus patas herradas.
Les contemplo al pasar. No me miran. No me hablan. Pasan sin decir nada. Galopan sobre la arena de la playa. Con un mensaje encerrado en una carta guardado en el bolsillo de la casaca esperando ser entregada a otras manos con mayor poder y capacidad de decisión, sellada y rubricada por un General de tres estrellas que manda tras las colinas, emboscado en una ciudad de la que tan solo me llegan rumores con la brisa del viento, con las boiras, con el olor a azahar, con los gritos de mujeres que amamantan sobre sus pechos retoños de esta temporada, camadas unipersonales, cachorros sin pelo cubriendo sus carnes blancas, que ya al nacer se preparan a luchar, que escuchan los gritos de las navajas y el olor de la pólvora estallando entre sus labios que soban la mala yerba que se rezuma sobre los picos, sobre los pezones sonrojados de su mana alimentario, a los que se agarran con ansias de animal herido, hambriento. Ya están aprendiendo. Aprenden a dominar. Mala yerba que les llega a través de los gritos de guerra, de odio, de matanzas que se alzan sobre la playa, sobre las marismas, sobre la arena fina que ultrajan los cascos de una yegua que resopla ya cansina y que no atina a ver el final ni de las batallas ni de su carrera, ni aun siquiera atina a ver, el final de los granos de arena sobre la que cabalga.
No me mira. Si lo hiciese, le diría que parara. Que mirara el horizonte. Qué se revelara. Qué dejara los gritos para los que gritan, que descabalgara sobre su lomo a su jinete, qué apaciguara el calor y la inflamación de sus largas patas sobre el agua salada. Pero no me mira. Tan sólo cabalga. A lo mejor es sorda, sorda a las palabras, a mis palabras de vieja dama de vieja escuela y a la vieja ultranza.
Me siento cansada, cansada de escuchar rumores y no poder hacer nada. De no tener ejércitos que blandieran susurros en vez de gritos, claveles rojos por espadas y cuerpos desnudos sin casacas. Sin monturas, sin pesadas cargas sobre los lomos heridos de yeguas herradas. No puedo hacer nada. Mirar impasible, callada, mecer la cuna de arena y reflejar la luz de la luna sobre mis aguas.
Un lamento se escucha tras la tregua, en la noche de calma chicha, un puño alzado a lo alto, un rostro enojado, un cuerpo flácido que se dobla sobre sus propias rodillas, al hincarse en los granos de la playa. Me mira. Tiene el pelo azabache. Me mira, pero no me ve.
Sostiene en sus manos un cesto, un fruto no deseado, un producto del pecado, el hijo del mismo diablo, que se viste con los ropajes del enemigo, con el ultraje. Le canta una nana. Le amamanta a la luz de la luna apoyando su cuerpo infantil, su torso desnudo, su belleza de mujer mediterránea, sobre los sueños prohibidos de un amor repudiado. El niño succiona del seno materno, con los ojos cerrados. No me puede ver. Oigo rumores de nanas en la noche perfumada. Llueven estrellas en la madrugada.
Criaturas humanas. Necias y vanas.
Detente princesa. No quiero hacerte daño. Aléjate de mis aguas. No puedo retroceder más, no sigas avanzado. ¿Dónde te encaminas con tu torso desnudo?. Son muy jóvenes y tiernos tus senos blancos de leche, no los hundas entre mis aguas. No lo hagas. Insensata.

Rumores llegan de batalla, un jinete cabalga sobre la arena, con un sobre lacrado sobre su casaca, de regreso, con respuesta dada. Ya el día luce despierto, y luce con sangre sobre la fina tierra de la bahía, joven sangre de una ahogada.
Allá llega el mensajero, no pude hacer nada por salvarla, ¿me oyes caballero?. Te la entrego muerta a tus pies, boca abajo, con sus senos hundidos entre los cantos rodados que cada día pulo con las batidas de mis olas. Puedes pasar de lejos ó decirla adiós. Puedes sentarte a su lado y besar sus labios ya amoratados ó saltar con tu yegua sobre sus hombros desnudos sin darle un saludo de parte del enemigo. Puedes cubrirla con tu casaca ó dejar que el sol le queme la piel. En tu camino la deposito. Tuya fue. Ella y su hijo. Tú hijo.

Cuenta una leyenda, que los días de fiesta, cuando hasta la mar llegan rumores de gritos y olor a pólvora, que ella mal confunde con llantos de rumores de batallas, enojada y encolerizada, manda a sus aguas que estas se encabriten y exacerben, y es entonces cuando reza la leyenda que se ve caminar sobre las aguas la figura de un infante de pocos meses que cabalga sobre el lomo de las olas más altas y al instante, se apacigua el mar embravecido y una sirena de torso desnudo y senos maternales lo mece suave, mientras le canta una nana, esperando que un día un caballero le venga a ofrecer una casaca con la que cubrir sus hombros y acallar los rumores de las batallas.

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